¿De dónde viene la uva de Lanzarote?

Contraetiqueta de una botella de Gara Rosado 2018, Bodega Vega de Yuco

El otro día, cenando con una amiga, escuché a un camarero afirmar con rotundidad que es imposible que el vino que se produce en Lanzarote provenga en su totalidad de uva de aquí.

Que si la isla es muy pequeña, que si hay pocas parras, que si no llueve, que si se vende demasiado vino de aquí para la poca uva que hay, que si el abuelo fuma….

Las malas lenguas disfrutan hablando (mal) de cosas que no saben. Eso me apena, pero más aún cuando viene de gente que, aún viviendo de esta tierra, no se preocupa de conocerla ni de comunicarla adecuadamente.

Aquél día me vi en la obligación de intervenir para desmentir algo que, desgraciadamente, no es la primera vez que escucho.

Si a ti también te ha asaltado la duda alguna vez, sigue leyendo.

Te lo cuento todito.

¿Qué es el Consejo Regulador de la Denominación de Origen (C.R.D.O.)?

En pocas palabras, es un organismo que certifica el origen y la calidad del producto que elaboran las bodegas inscritas. Es decir, se asegura de que la uva que se usa para nuestros vinos sea de origen 100% Lanzarote y que la elaboración se realice según unos estándares de Calidad.

El C.R.D.O. Lanzarote se constituyó en el 93 y a él pertenecen no solo bodegas, sino también viticultores.

Tanto unos como otros pagan una cuota de inscripción y tienen que rendir cuentas de la cantidad de uva que recogen y de los litros de vino que embotellan (en el caso de las bodegas), indicando la añada (¡Ojo! La añada es el año en el que se vendimia, no el que se embotella).

Ya te he contado alguna vez que la cantidad de uva recogida puede variar mucho de unos años a otros. Esto se debe, principalmente, a la locura de clima que tenemos aquí.

Al fin y al cabo, estamos en un cachito de tierra casi desértico en mitad del atlántico, por lo que periódicamente sufrimos calima, sequía o lluvias torrenciales, además de un viento del demonio más a menudo de lo que nos gustaría.

Buen tiempo, buenas playas,… eso nadie lo duda. Un paraíso para las personas, un reto para la agricultura.

Estos factores climáticos hacen que podamos pasar de recoger casi cuatro millones de kilos en un año, a superar escasamente el medio millón el año siguiente.

Una de las tareas del Consejo consiste en registrar, durante la vendimia, la cantidad de kilos por variedad, y luego controlar qué se hace con esa uva.

¿Cómo salen los números?

Si has leído alguno de mis artículos anteriores sobre la vendimia, ya sabrás que la uva llega a bodega en cajas de en torno a 20 kg.

Los viticultores, como te digo, tienen que estar registrados previamente en el Consejo, indicando el número de hectáreas que poseen y la variedad de uva que se produce en cada una de ellas.

Cuando la uva llega a bodega, se pesa, se etiqueta con el nombre del viticultor correspondiente (al que el Consejo tiene un número asignado) y se procesa de la manera que el enólogo (o enóloga, que también las hay) considere necesario.

Cada viticultor recibe un ticket o nota indicando la variedad y la cantidad de kilos que ha entregado; toda esa información queda registrada en el sistema de trazabilidad de la bodega.

Diariamente, un técnico del Consejo pasa por las bodegas, comprueba que los procesos de recogida se están realizando correctamente y recibe un listado que incluye la cantidad de kilos que cada viticultor entrega.

Puedes consultar los totales recogidos por año aquí.

El embotellado de vinos terminados se suele hacer por depósitos completos. Cuando el vino está listo, se llama al Consejo, que se lleva una o dos botellas para su análisis y precinta el depósito para que su contenido no pueda ser modificado.

Los resultados de la analítica quedan registrados y la bodega en cuestión pide (compra) al Consejo el número de contraetiquetas que necesita, una por botella. Por ejemplo, si vamos a embotellar 750 litros en botellas de 0.75l, necesitaremos 1.000 contraetiquetas.

750L /0.75L = 1.000 botellas = 1.000 contraetiquetas

¿Qué es una contraetiqueta?

Pues ni más ni menos que el DNI de cada botella, una pegatina que lleva el sello del Consejo Regulador y un numerito correlativo. Y esto por cada bodega, año y tipo de vino.

Periódicamente, las bodegas presentan al ICCA (Instituto Canario de Calidad Agroalimentaria) una relación de los kilos recogidos, los litros que quedan en depósito y las botellas producidas.

Y todos estos números cuadran, oiga.

Vaya, que NO HAY TRAMPA NI CARTÓN.

Detrás de cada botella de vino embotellada en Lanzarote hay un largo proceso que requiere mucho esfuerzo y dedicación por parte de todas las personas implicadas.

Es una pena que todo ese tiempo, conocimientos e ilusión que se pone para conseguir un vino de calidad se vea despreciado por quien, a la ligera, opina antes de informarse.

Gracias por no ser una de esas personas.

Si te han quedado dudas o tienes algo que aportar, ¡escríbeme! Me encanta saber de ti.

Si la lluvia en Sevilla es una maravilla, en Lanzarote ni te cuento

Lanzarote, más verdinegra que nunca

Este invierno está lloviendo mucho.

UN MONTÓN.

Si me estás leyendo desde Asturias, probablemente estés pensando: -«define un montón, mi niña»- y yo tendré que reconocer humildemente que, si lo comparamos con la que está cayendo por la península, es prácticamente nada.

Pero claro, si tenemos en cuenta que ha estado más de un año sin caer ni una gota, pues chica, qué quieres que te diga, está lloviendo mucho.

Seguro he dicho en más de una ocasión que la tierra de Lanzarote es milagrosa.

Después de varias excursiones por el campo (caminar al aire libre es prácticamente lo único que se puede hacer con seguridad hoy en día), ME REAFIRMO.

Si con un par de días de lluvia y dos de sol se llenan las parras de brotes, después de casi un mes lloviendo, ni te cuento como está el tema.

VERDE IRLANDA, amiga.

Y eso sin exagerar.

La vid es un cultivo de secano, eso lo sabemos. Por ello, puede aguantar estoicamente algunos años de sequía, a los que sobrevive con más o menos producción de uva.

Por regla general, una vid puede sobrevivir con 250-300mm de agua al año. Eso, una vid de cualquier otra parte, claro, porque aquí en Lanzarote la media es de 150mm.

Sí amiga, lo que lees.

Por algo se le llama VITICULTURA HEROICA.

Y es que estas vides son auténticas campeonas, verdaderos camellos vegetales sentados en campos de lava. Es por eso que es necesario el rofe, y por eso no hubo vino (por mucho que los españolitos lo intentaron) hasta las erupciones de Timanfaya. Lo que pasó en aquellos años te lo cuento aquí.

Puede que pienses que teniendo agua ilimitada del mar cerca, y desaladoras, con regar las parritas solucionamos el tema.

Pues no funciona así, querida, porque añadir agua a la vid, sobre todo después del envero, puede suponer que los granos (las uvas, vaya) crezcan hermosos, a un tamaño mayor del habitual. Esto está estupendo para las uvas de Mercadona, pero no para hacer vino.

Más agua en la tierra supondría más agua en el grano y, por tanto, implica que los azúcares naturales y los sabores propios de la variedad se diluyan.

Tendríamos una producción mayor, pero de menos calidad. Por poner un ejemplo más gráfico, sería como echarle agua a un zumo.

Dicho esto, parece que te estoy vendiendo que es bueno que no llueva para que la cosecha sea buena, pero no. Cierto es que las parras (que en esto se parecen mucho a las personas) son más productivas cuando tienen que esforzarse porque no reciben todo lo que quieren, pero el agua es una bendición en estas tierras desérticas, un elemento necesario para que suceda la magia.

La cosecha de 2020 ha sido muy pequeña comparada con años anteriores, y una de las principales razones es la escasez de lluvia que hemos padecido, a la que se suma la terrible CALIMA que nos azotó en febrero y de la que te hablaré en otra entrada. Para compensar, este bendito suelo tiene algunas ventajas, que te cuento ahora:

Primero y principal, provee a las parras de una gran superficie de tierra húmeda de la que beber: el rofe obliga a separar las plantas unas de otras, al tener que cavar los hoyos para ayudarlas a llegar a la tierra fértil, que está abajo.

Incluso en zonas de enarenados, como Tinajo o Masdache, donde la capa de rofe no es tan profunda, las parritas se mantienen bastante separadas, lo que les deja mucho más espacio para las raíces.

Esto es buenísimo, porque cuanto más espacio tiene la raíz, más se ramifica y se expande. Como suelen ser viejitas, las raíces suelen estar muy desarrolladas.

Al no encontrar otra planta que les moleste, todita el agua que haya en el trozo de tierra que ocupan es para ellas. Pueden crecer lo que quieran, sin que la vecina venga a tocarle las narices.

Ojo, esto vale para las plantas «adultas»; las jovenzuelas necesitan más cuidados.

En algunas zonas de La Geria, donde la capa de picón es de unos 2 ó 3 metros, la humedad se puede conservar varios años sin apenas evaporación (es el famoso efecto «mulching», pero a lo bestia).

Por eso las parras tienen más posibilidades de supervivencia aunque no llueva en un largo periodo. Son como abuelas de posguerra, van bebiendo poquito a poco de lo que tienen, teniendo cuidado de no acabar con todo del tirón, por si acaso.

La lluvia del último mes y medio ha sido todo un regalo. Un regalo necesario además, porque ha servido para paliar el estrés que les ha supuesto a estas señoras ver cómo su despensa se iba vaciando y no había manera de llenarla. Una vez llena, han podido beber y coger energías para arrancar el nuevo ciclo.

Con el sol de los últimos días, muchas incluso se han espabilado y… ¡han brotado! Y no sólo ellas, sino también otras hierbas y flores que se han acoplado en sus hoyos, al abrigo del viento. Sacar a esas ocupas de la casa de la abuela (y no sólo a las hierbas y flores, sino a los inesperados brotes) supondrá, claro está, un trabajo extra para los viticultores..

Pero eso, curiosa amiga, te lo cuento en otra entrada.

La vendimia verdinegra II. Los viticultores

Photo by Gabriella Clare Marino on Unsplash

El alma de cualquier bodega está en su materia prima y ésta la traen los viticultores. Y los viticultores lanzaroteños son MUY ESPECIALES. En primer lugar, porque la mayoría no se dedica en exclusiva a la uva. Imagínate la isla hace 50 ó 60 años: piedra, arena, mar y poco más. Ni rastro de los hoteles, restaurantes y tiendas que franquean los paseos marítimos (otrora inexistentes), ni de las hordas de turistas que invaden las playas. Los lugareños vivían modestamente de aquello que les daba la tierra: papas, batatas, millo, UVA… Cuenta mi amigo Richard, conejero de Masdache y experto en el campo, que de su infancia recuerda que se plantaba todo lo que se podía, hasta las orillas de los caminos. En esa época, era costumbre que los padres entregaran a sus hijos tierras, una vez casados, para favorecer su independencia económica. Todo muy sostenible. Y entonces, ya en los 80, llegó EL TURISMO. Fue progresivo, pero poco a poco muchos agricultores fueron cambiando la dura vida del campo por trabajos en hostelería o restauración. Mucho más cómodo atender guiris al fresco en una recepción, que machacarse al viento y bajo el sol en el campo, ¿no te parece? Más cómodo, y sobre todo más estable económicamente, porque te recuerdo, querida amiga, que las cosechas en esta isla son variables y con el campo uno nunca sabe si habrá beneficio o no.

El caso es que muchos y muchas decidieron cambiar de ocupación, pero la familias conejeras aman sus tradiciones, de modo que siguieron cultivando uvas y elaborando el vino en casa. Aún hoy, si te das un paseo por Tiagua o Muñique, por ejemplo, se pueden ver numerosas prensas de viga saliendo de los lagares de las casas. En años buenos, cuando venden la cosecha se quedan con una parte para hacer su propio vino; en años malos, si la cosecha es muy muy escasa, muchos productores se la quedan toda para el consumo de la familia. Pero volvamos un poco atrás; esos tatarabuelos que tenían tierras más o menos grandes, fueron dividiéndolas entre sus hijos, y con el paso de los años y las generaciones, lo que nos encontramos en el campo, casi siempre, son un montón de pequeñas parcelas que suele cuidar una sola persona (el abuelo por regla general) con ayuda de su familia. ¿Y qué significa esto desde el punto de vista de la bodega? Pues que le entran muchas pequeñas cantidades de uva de un montón de gente diferente. Te pongo un ejemplo: en 2018, la vendimia más grande que he vivido (nos entraron unos 800.000kg de uva, casi toda ajena) en Vega de Yuco recibimos uva de más de 300 viticultores, de los cuales algunos traían 100kg y otros 40.000. Para volverse loca, vamos, porque resulta que la maduración de la uva no es el único factor a tener en cuenta, sino que se dan una serie de condicionantes que poco o nada tienen que ver con el campo o con el vino, sino con la vida laboral y personal de los viticultores (y viticultoras, oiga, que en esta isla hay muchísimas y de todas las edades). Por ejemplo, las celebraciones familiares (bautizos, bodas, cumpleaños…), las vacaciones o días libres del trabajo habitual… Por supuesto, los fines de semana son los preferidos de aquellos que dependen de la familia para vendimiar, porque es el momento en el que casi todos los miembros tienen disponibilidad; de manera que durante casi toda la vendimia, las bodegas se convierten en un hormiguero de abuelos, hijos y nietos en ropa de trabajo, desde bien temprano hasta la tarde, 7 días a la semana.

Y llegados a este punto es cuando te cuento mis sensaciones, aquello que, como espectadora más que como participante, me maravilla de esta época del año: el olor a uva, los corrillos de viticultores que se echan un vino mientras esperan su turno en la pesa; las abuelas con sus sombreras, que pasan por la oficina a saludar y dejarnos un bizcochón; el teléfono sonando sin parar y mi eterna respuesta (que es también una pregunta) a los viticultores que llaman pidiendo fecha para la recogida: «¿cómo tiene usted la uvita?» y el coro de risas de mis compañeras por lo bajini, al oírme; las idas y venidas de la oficina a la bodega bajo el sol de agosto, y el gustazo de corretear entre los depósitos, al fresco, sorteando las mangueras, siempre buscando a alguien para darle un recado urgente. Pero sobre todo, LO QUE MÁS, escuchar a todos los que vienen a traer la uva hablar del tiempo que hemos tenido este año, del cambio climático, de sus reúmas, sus nietos, y verlos entrar orgullosos racimo en mano, enseñándote su uva como quien enseña un hijo. Eso, amiga, no es sólo economía. Se llama AMOR POR LA TIERRA, y aquí todavía existe.

Volviendo a lo prosaico del tema, la uva llega en cajas de unos 20kg cada una, a veces en camiones, normalmente en furgonetas. El personal de bodega la descarga, la pesa y la etiqueta con el nombre del viticultor en cuestión (que tiene que estar registrado en la DO, para que no haya tongo). La uva llega medio templada, si no caliente, porque te recuerdo que está en un hoyo negro de piedra al sol del verano isleño, así que para que no se pasifique y pierda frescura, una vez pesada se pasa a la cámara frigorífica, donde permanecerá a espera de ser prensada el día siguiente, bien temprano para dejar sitio a la nueva uva. Y así, cada día durante un mes, se va prensando la uva y se va haciendo el vino del año. Pero eso, querida amiga, es otra historia…..

La vendimia verdinegra I

Malvasía, un poco verde aún, de 2018

Vale, no es tiempo de vendimia, pero quiero hablar de ello porque este es el primer año, desde que llegué a la isla en 2014, en el que no he estado implicada en modo alguno y, haciendo un poco de repaso del año, me doy cuenta de que la echo de menos. No he trabajado en otras bodegas que no sean Vega de Yuco, así que os voy a contar lo que se hace allí (o al menos se hacía) y la emoción con la que yo lo he vivido siempre.

Dicen que la de Lanzarote es la vendimia más temprana de Europa y es verdad, suponiendo que se nos considere dentro de Europa, claro, porque esta tierra tiene pinta de todo menos de europea.. Se suele empezar a mitad de julio o principios de agosto, cuando esté lista La Jefaza (la Malvasía, que es siempre la que inaugura la temporada), pero desde el envero, que viene a caer más o menos por San Juan, los viticultores empiezan a llamar a las bodegas, para que el equipo técnico pase por las fincas a medir los parámetros de sus uvas y puedan cortar cuanto antes. ¿Y qué se mide? – te estarás preguntando – pues el grado de azúcar de la pulpa, la acidez, el tamaño del grano.. Dependiendo del resultado que quieran conseguir, los enólogos y enólogas mandan cortar antes o después. Hacer vino, según lo percibo, es como cocinar: si te gusta la pasta al dente, cortas la cocción antes y si la prefieres blandita, la dejas un ratito más. Del mismo modo, el vino tendrá un sabor diferente si la uva está más o menos madura.

El caso es que las uvas van madurando su ritmo, no al nuestro, y los viticultores quieren cortarlas cuanto antes para evitar la calima, las plagas y cualquier cosa que les pueda fastidiar la cosecha. Por eso llaman desde bien pronto a las bodegas. Y no es sólo uno, ni dos, ni diez! Entonces estaría chupado, querida. El tema es que una bodega grande puede llegar a recibir uva de más de doscientos viticultores, de manera que el teléfono no para ni un segundo.

Los días previos a la entrada de uva son un hervidero, porque hay problemas adicionales que hay que ir solventando. Uno de ellos es EL ESPACIO. Te hablo del caso de Yuco, que es el que más conozco, pero es similar en casi todas. Casi toda la zona destinada al vino en Lanzarote es un espacio protegido en el que no se puede construir más de lo que ya existe. Hasta ahí todo bien, el paisaje es tan especial porque no hay edificios que lo afeen, sino que la protagonista es la original orografía isleña. Pero ahora piensa que eres propietaria de una bodega; hace 20 ó 30 años empezaste con un negocio pequeño en un pequeño espacio, pero el vino es ahora un producto muy cotizado y tú lo haces genial, así que tu producción se ha multiplicado por 7. ¡Ole por ti! Tu vino es excelente, cada año compras más uva y produces (si la cosecha es buena) un poco más. Todo ha crecido menos las instalaciones, porque en ese bendito espacio en el que te encuentras NO SE PUEDE CONSTRUIR. Eso significa que antes de la vendimia toca jugar al Tetris: la cámara frigorífica de la uva, que tras la vendimia anterior se llenó de depósitos de vino, tiene que quedar despejada para la nueva cosecha, así que toca buscar un huequito para esos depósitos, ahora vacíos. Además, hay que sacar las mesas de selección de la uva, la estrujadora, las prensas, la despalilladora, la pesa de la uva y mil cosas mas. Y por supuesto, vender el vino que ya está embotellado para dejar espacio al que queda por embotellar… y que hay que embotellar antes de la vendimia para dejar depósitos libres para el vino nuevo… UN FOLLÓN, vaya.

Al fin llega un momento en el que todo está listo: la cámara despejada, los depósitos vacíos y limpitos para recibir los nuevos mostos, la maquinaria engrasada, la primera uva lista… y entonces se da luz verde a los primeros viticultores y comienza la etapa clave para cualquier bodega: LA ENTRADA DE UVA. Pero eso, amiga, te lo cuento en otra entrada.

La Malquerida Listán Negro

Me hierve la sangre cada vez que escucho a alguien decir que los tintos de Lanzarote no son buenos, que son caros, que donde se ponga un Rioja…

Blablablablablablablaaaaa…

No pocas veces oigo esos comentarios de personas que ni siquiera son expertas, pero les gusta sentar cátedra, sin criterio alguno y lanzando su opinión como si fuera la única válida.

Estas personas no se dan cuenta del daño que hacen a la economía local, por no mencionar que FALTAN A LA VERDAD.

¡Por supuesto que los tintos de Lanzarote son diferentes!

Por suerte, son MUY DIFERENTES.

El 75% de los cultivos dedicados al vino a nivel mundial están ocupados por 10 ó 12 variedades de uva. El otro 25% lo componen variedades minoritarias de aquí y allá, cada una con sus particularidades. En este cachito de tierra tenemos una variedad MUY ESPECIAL, la LISTÁN NEGRO, que posee unas características únicas. Aprovéchala, querida, porque es un sabor del que no vas a poder disfrutar en ninguna otra parte del mundo.

Te cuento cómo llegó hasta aquí:

Hasta el S.XVIII, la mayor parte de los vinos producidos en el archipiélago eran de uva blanca. Anteriormente, la Malvasía había sido la reina de la fiesta, pero en esto del vino todo va por modas, así que el auge del comercio con Portugal hizo que se popularizaran el Madeira y el Oporto, dejando a un lado a los vinos canarios.

Los tinerfeños, que son muy cucos, empezaron a producir una especie de «Falso Madeira», una mezcla de blanco local con aguardiente y vino tinto peninsular, que parece que entraba muy bien a los ingleses, su principal mercado. Así fueron escapando, hasta que a alguien se le encendió la luz y pensó: «¿Y si hacemos nuestro propio tinto y con lo que ahorremos nos vamos de vacaciones?» (vale, no fue exactamente así, pero algo parecido seguro).

Así que se pusieron manos a la obra, trajeron de la península parritas de uva tinta y así llegaron los tintos a Canarias.

Nuestra Malquerida Listán Negro vino de Andalucía, donde aún sigue viviendo su prima de Sanlúcar de Barrameda, la Listán Prieto. Las dos Listán, como miembros de la misma familia, tienen características comunes, pero han evolucionado de manera diferente debido, sobre todo, al terreno y al clima.

En Tenerife, poco a poco, los tintos comenzaron a desbancar a los blancos, y hoy en día nuestra Listán es una de las principales variedades utilizadas en la isla.

De Sanlúcar a Tenerife y de ahí a Lanzarote, ese fue el viaje que realizó nuestra viajera amiga.

Pobrecilla, al principio no la usaron más que para dar color a los blancos porque, así pensaban los lugareños, ayudaba a conservarlos.

Después se intentó darle más protagonismo y elaborar tintos, pero durante muchos años no hubo manera.

El motivo: a los productores locales les ocurría lo mismito que a los «críticos» de los que hablaba al principio de mi relato, es decir, pensaban que todos los vinos se tienen que parecer, más o menos, a los de La Rioja.

¡Tremendo error!

Cogían la delicada listán y la trataban como a la riojana tempranillo, metiéndola en barricas de roble durante largas temporadas y estrujándola y macerándola al máximo para sacarle unos taninos y un color imposible en nuestra amiga.

Maltratándola, vaya, para obligarla a ser algo que no era.

Y claro, con este tratamiento salvaje, los tintos conejeros cogieron (y con razón) fama de rasposos, astringentes y aptos sólo para paladares poco refinados.

Llegando al final del S.XX (anteayer, como quien dice, que servidora ya había nacido..) se empezó a dar a la Listán Negro el trato que se merecía.

Poco a poco, se consiguió vendimiar en el punto justo de maduración, para que la uva estuviera sabrosa pero sin perder color; se empezó a macerar sin afán de darle un color excesivo y se comenzaron a apreciar los aromas y sabores a frutos rojos que tanto la caracterizan.

Hoy en día tenemos unos vinos particulares, especiales, únicos.

Frescos, ideales para este bendito clima primaveral que tenemos en Canarias.

Si vienes por aquí, amiga, no te dejes engañar por críticos de pacotilla. Déjate llevar por la tierra en la que estás y disfruta de un buen vino.

Y si tienes dudas, pregúntame y te cuento más.

De cómo llegó el vino a Lanzarote

La primera vez que vine a Lanzarote me quedé en shock:

¡¡Piedras, piedras y más piedras!!

De todos los colores: negras, rojas moradas, cubiertas de líquenes verdes en muchas zonas…

Mezcladas con una tierra amarilla o roja, dependiendo de la zona..

Un DESIERTO DE COLORES, vaya.

Más atónita me quedé cuando visité La Geria: ¡Plantas creciendo directamente en la piedra!

Me maravilló que la vida se abriera paso de esa manera tan fascinante.

– ES UN MILAGRO – pensé.

Y no lo digo por decir.

Me emociono (con carnecita de gallina) cada vez que lo explico a turistas o amigos, y eso que lo he estado haciendo durante años.

Pues resulta que no es un milagro, sino el resultado de una combinación increíble entre naturaleza y trabajo manual.

Te cuento:

Los primeros españoles comenzaron a establecerse en Lanzarote a principios de S.XV.

Como todas sabemos, a los españoles nos encanta el vino, así que desde su llegada, los visitantes trajeron sus parritas para intentar producir su propio vino.

Esto fue posible en otras islas, pero Lanzarote no reunía las condiciones adecuadas para el cultivo de la vid, así que se dedicaron a otro tipo de plantas y, hasta las erupciones de Timanfaya (duraron 6 años, de 1730 a 1736, que se dice pronto) la zona de La Geria estaba ocupada por campos de cereales.

Imagina las caras de los lugareños cuando, de repente, la tierra se abrió y comenzó a escupir fuego y lava.

¡DESASTRE TOTAL!

Un tercio de la isla quedó cubierto de lava volcánica en la que (aún hoy en día) no se puede hacer ¡prácticamente nada!

Lanzarote, que ya era pobre, se volvió paupérrima… buena parte de la población emigró y, los que quedaron, las pasaban canutas para tener algo que llevarse a la boca.

El mar de lava

Dicen que Dios aprieta pero no ahoga y, en el caso de Lanzarote, así sucedió.

Resulta que, junto con la lava, los volcanes vomitaron toneladas de LAPILLI, que no es otra cosa que ceniza volcánica.

En Canarias, que saben mucho de volcanes, la llaman picón, y en Lanzarote se le conoce como ROFE. Quédate con esa palabra, porque es la clave del cultivo de la isla.

El rofe cubrió la tierra fértil (MUY FÉRTIL, he de decir) alcanzando un grosor de hasta 3m en la zona más próxima a los volcanes.

Este «desastre» resultó tan útil a la larga, que se empezó a aplicar para todo tipo de cultivos, entre ellos EL VINO, porque tiene un montón de ventajas.

Por ejemplo:

  • Recoge la humedad del aire y la retiene, es decir, funciona como una tapadera para que no se evapore
  • Aporta numerosos minerales al agua en su paso
  • Evita la erosión
  • Como es negro, absorbe la luz y da calorcito a las parras, lo que les encanta
  • Protege de enfermedades

Si pudiéramos cortar un pedazo de tierra y ver lo que hay dentro, lo que veríamos sería más o menos esto:

Parece magia, ¿eh?

Pues no.

Más bien es el resultado del trabajazo que se pegaron los campesinos de la época (y que a día de hoy se siguen pegando los viticultores de Lanzarote) excavando hoyos en el picón, haciendo muritos de piedra volcánica y mimando cada parra para que produzca una uva de excelente calidad.

Los vinos que consiguieron esos agricultores pioneros no eran, ni de lejos, lo que son los vinazos locales que disfrutamos hoy en día.

Toda elaboración tiene un proceso de mejora, y el de estos vinos ha ido cambiando con los años.

Pero eso, amigas, es otra historia