McMANIS – PETITE SIRAH – CALIFORNIA

McManis Petite Sirah, California

Procedo a inaugurar este apartado de catas compartiendo contigo el McManis que ha invocado a las musas tras meses de silencio.

Tal vez esté mal empezar esta serie de catas distintas con un vino que no es español. 

Teniendo en cuenta que soy una defensora acérrima del producto local, me parece hasta un poco aberrante no comenzar esta sección con un vino de mi amada tierra adoptiva, Lanzarote.

Bien. Sumo este acto a la inagotable lista de incongruencias de mi vida, y prosigo.

La inspiración llega cuando llega, y hoy se me ha sentado al lado justo al desenroscar esta maravilla californiana. 

Ojo, que he dicho DESENROSCAR y no DESCORCHAR. 

El corcho es algo muy europeo.

En España es inconcebible que un vino que se precie se pueda cerrar de otra manera; pero en otras partes del mundo no se da el alcornoque y no por eso dejan las botellas sin tapar. Existen múltiples alternativas al corcho y no para vinos de calidad baja, precisamente. Este es uno de ellos.

Para ponerte en antecedentes, te diré que hace cosa de un año me suscribí a un club de vinos (si quieres saber cual, escríbeme). A la isla no suele llegar demasiada variedad, así que me pareció interesante la experiencia de recibir cada mes un par de vinos de distinta procedencia (normalmente de España, que conste) acompañados de su formal nota de cata.

Hace poco me vine muy arriba y pedí una oferta de diferentes bodegas extranjeras. Una caja con botellas de distintos países. 

La semana pasada me bebí un chardonnay surafricano que estaba que se iba del mundo (espectacular, vaya), y hoy, después de un agotador día de trabajo, he decidido cambiar de continente e irme a California, a ver qué hacen los coleguis de Angela Channing.

Al grano. Vamos a probar el McManis

Nada más desenroscar la botella, me invade un aroma increíble a especias. Es como trasladarte a la herboristería del barrio (cuando era pequeña no se llamaban herbolarios, sino herboristerías, y en Triana había una cubierta de estanterías con especias de tooodo tipo. Puedes imaginarte el olor… Un placer para los sentidos)

Ya me estoy despistando. 

En nariz percibo, así de primeras, canela, vainilla y pimienta.

Infinitos aromas familiares, agradables, que me transportan a un lugar acogedor junto a una chimenea.

Dejo unos minutos que se abra (en otras palabras, que se oxigene para que salgan a relucir los aromas) y me llega la ciruela negra, un poco de mora,… todo heredado seguramente de “mami” Sirah.

Lo pruebo y me enamoro:

No tiene aristas; es decir, ningún rasgo (acidez, tanicidad,…) predomina sobre el otro.

Según entra en la boca se expande, ocupando todo el espacio, y se queda ahí un ratito, ¡vaya si se queda! dejándote ese saborcillo a vainilla y canela y esa lengua suavemente rasposa que da el tanino.

Me sorprende que, pese a su juventud (2019), tiene mucha potencia, mucho cuerpo.

Soy bastante mala en la identificación de aromas y sabores, así que tras esta primera impresión, me voy a San Google y busco Petite Sirah, para ver en qué he acertado.

Pues ni tan mal, chica: 

Dice Google que la petite sirah se caracteriza por su tanicidad alta (vale, eso no era muy difícil), matices a hierbas y pimienta negra (que yo no encontré) y una ligera acidez (eso sí, menos mal)

Resulta que la Petite Sirah, cuyo nombre real es Durif, es un cruce accidental surgido allá por 1860 en el invernadero del botánico francés François Durif  (de ahí su original nombre) en una noche de amor entre una Sirah y una Peloursin. 

Lo de las frutas negras (ciruelas, moras) le viene de “mamá” Sirah. El color y la tanicidad, de “mami” Peloursin. 

Qué romántico, ¿no te parece?

¿Con qué me lo tomo?

Esta primera copa va a ser para mí solita (nunca tengas miedo de beber sola un buen vino, porque no es ley que los mejores placeres deban disfrutarse en compañía) aunque puede ser que mañana lo acompañe de una buena conversación con algún amigo o amiga que pase por casa.

Para maridar: Intento no comer carne, así que mis recomendaciones no van a ir por ahí. Pero te animo a probarlo con un queso graso. Un platillo vegetariano bien especiado, por ejemplo un curry de verduras, combina de maravilla con este vino sabrosón.

Si quieres que catemos juntas algún vino, escríbeme y organizamos.

Te deseo un 2022 sin aristas, potente, equilibrado y, sobre todo, Feliz. MUY FELIZ.

La Cata consciente

El paladar y el olfato, si los trabajas un poco, se van afinando con los años. Catar de manera consciente (es decir, concentrándote en identificar esos sabores, esos aromas que contiene tu copa) va a acelerar el proceso y te va a ayudar a disfrutar más de cada sorbo.

Para ello no tienes que ser una experta – ¡mírame a mí, que oso meterme en estos berenjenales, y hasta publicarlos! – ni necesitas estar en un salón inglés, escuchando música clásica con el meñique en alto. 

Puedes practicar en cualquier ratito que tengas. Por ejemplo, en la cocina, mientras preparas la cena (soy de las que opinan que toda receta que se precie debe comenzar por “abrir el vino”). 

Ahora mismo, sin ir más lejos, estoy catando en mi escritorio, mientras te escribo estas palabras.

No es una cata ortodoxa ni pretendo que lo sea.

Los y las expertas tienen un método, la CATA SISTEMÁTICA, para determinar si un vino es malo, regular, bueno o excelente, en base a una serie de parámetros que, si te apetece, podemos comentar otro día.

TÚ y yo no vamos a hacer nada de eso.

Para aprender a disfrutar del vino, lo primero que hay que hacer es beber vino. Un poco cada día, todos los días. 

Cuanto más vino hayas catado fijándote en los detalles, mejor podrás identificar lo que te gusta y lo que no, porque habrás afinado tu paladar y tu olfato, serás capaz de reconocer más olores y sabores y aprenderás a apreciar la buena (o mala) calidad de un vino, su complejidad o su simplicidad. 

Me he propuesto que disfrutes de cada sorbo que bebo y que pruebes a hacer lo mismo, porque el vino son momentos y experiencias íntimas, y la tuya no tiene por qué ser igual a la mía.

Pasos de la Cata Consciente (y disfrutona)

Lo que trato de hacer no es nada innovador. 

Como en cualquier cata, vamos a tener en cuenta el color del vino, su aroma y su sabor.

La diferencia es que vamos a cambiar algunas palabras.

Por ejemplo, no me gusta el término “examinar”. Esto no es un examen, sino un DISFRUTE

El aspecto

¿Qué te parece si en vez de examinar, OBSERVAS?

Ponte cómoda y observa tu copa (no hace falta que te diga que tiene que haber algo dentro, ¿verdad?). 

Y ahora: ¿Te gusta el color? ¿Te parece apetecible?

Si es así, ¡adelante! Estás lista para el siguiente paso:

El olor

Meter las narices en algo no está bien… a menos que ese algo sea una copa de vino.

Sin mover la copa, huele su contenido.

¿Te recuerda a algo? 

No algo como “grosella espinosa” o “flores de los Alpes” o “nubes”. 

El vino son experiencias. Cierra los ojos y piensa a dónde te traslada. Puede ser la casa de tu abuela, un prado o el día de tu boda, pero no nos pongamos excesivamente místicos. También puede ser simplemente manzanas, pimientos o madera.

¿Lo tienes?

Pues ahora mueve la copa. 

Ya sabes, ese movimiento circular que queda tan sexy. 

Esto no se hace para ligar (que también), sino para ayudar a que las moléculas más pesadas asciendan y liberen sus aromas. 

Cierra los ojos y aspira. Notarás que el aroma ha cambiado, ahora es más complejo. 

Descomponlo, busca en tus recuerdos e identifica a qué te huele. 

Apunta lo que percibes si te apetece, pero sobre todo, DISFRÚTALO.

El sabor

Vale, ya no puedes más, así que vamos al lío. ¡A beber se ha dicho!

Si tienes poca paciencia, dale un traguito sin esperar mucho más. Así prepararás la boca para lo que viene.

Ahora bebe, retenlo unos segundos y traga después.

¿A qué sabe? ¿Predomina la acidez, el dulzor o la salinidad? Vamos, concéntrate. Este cuadro tal vez te ayude a localizar los diferentes sabores e identificar el predominante.

Además de los sabores puede que detectes otras sensaciones más táctiles. Dedícales unos segundos. Te sorprenderás:

  • Tanino: es esa sensación que te deja la lengua rasposilla, un poco secante.
  • Cuerpo: es el volumen que tiene el vino en tu boca, su densidad.
  • Final: será corto si el sabor desaparece pronto y largo si se queda un ratito contigo

Cuanto más bebas, mejor podrás identificar qué tipo de vino te gusta más: ligeros y afrutados, secos, potentes,… 

No dejes que nadie te diga cuál es mejor. Experimenta, prueba, disfruta, y dentro de un tiempo tendrás tu propio criterio.

Si te gusta lo que lees, compártelo. Tal vez entre todas consigamos ampliar el círculo de amantes del vino.

3 poderosas características de los vinos de Tenerife

Vistas desde la Finca Locartas, Bodega Hermanos Mesa

Cuando una piensa en Tenerife, se le vienen a la cabeza un montón de imágenes maravillosas de acantilados, playas y el Teide nevado, pero normalmente (a menos que te lo hayan dicho antes) no piensa en vino.

Pues has de saber que el vino forma parte de la cultura de las Islas desde hace siglos, fue una vez pilar de la economía de Tenerife y, desde hace unos 20 años hasta ahora, la aparición sucesiva de Denominaciones de Origen (hoy en día existen 5), la competencia y la implantación de sistemas de calidad y mejora en las bodegas, está llevando a los altares a muchos de los vinos producidos aquí.

Hace unos meses tuve la oportunidad de pasar un par de semanas en esa bendita isla, trastear por algunas bodegas y machacar a preguntas al personal.

Como me encanta tenerte al día de las cosillas que voy aprendiendo, te voy a contar aquí lo que me más me ha impactado y enamorado sin remedio de los vinos de esta tierra:

1.- SE DAN EN UNAS CONDICIONES CLIMÁTICAS EXCEPCIONALES

La mayoría de los vinos del mundo se dan en la franja existente entre las latitudes 30ºN y 50ºN ó 30ºS y 50ºS. Canarias está fuera de ese rango, concretamente a 28ºN. A grandes rasgos, estaríamos fritos de calor si no fuera por:

  • LOS ALISIOS: esos vientos, tan molestos a veces, que soplan de manera casi constante todo el año (sobre todo en verano) pero que nos traen la lluvia y el fresquito.
  • EL MAR: espejo de mi corazón, que suaviza las temperaturas y refresca el ambiente.

A nivel climático, se podría decir que las islas son continentes en un espacio chiquitito, lo que significa que puedes encontrarte con cambios de temperatura considerables en muy pocos kilómetros.

En Lanzarote, por ejemplo, puede haber una diferencia de temperatura de unos 10º si te mueves 8 ó 10km de la costa al interior. En Tenerife, el tema es mucho más cantoso. Sales achicharrada de la playa, bikini y pamela en mano, conduces 20 minutos hacia arriba y te tienes que plantar el chaquetón.

No tiene nada que ver una listán blanco que ha nacido y crecido en el Valle de Guímar, cerquita del mar, al solete durante el día y fresquita por la noche, con su prima de Los Pelaos, a 1.300m de altura, al solete durante el día también, pero con un pelete nocturno de tres pares.

Sus aromas, su pH, su acidez… son distintos, y el vino que salga de cada una de ellas, aunque la elaboración sea la misma, se parecerá como un huevo a una castaña.

¿Cuál es el resultado? Una RIQUEZA increíble.

Porque la variedad climática en la isla es tal, que se pueden dar TODOS los tipos de vinos que se elaboran en el mundo: desde cavas a encabezados.

Por eso hay CINCO Denominaciones de Origen. Y pocas me parecen, si tenemos en cuenta la gran variedad de uvas y tipos de elaboraciones que hay.

2.- LAS VARIEDADES SON PREFILOXÉRICAS Y, POR TANTO, ÚNICAS

La filoxera es, resumidamente, un bichito muy puñetero que vino de América en el SXIX y se cargó la mayoría de los viñedos de Europa.

La solución que encontraron para arreglar aquel desastre fue injertar las cepas existentes con otras americanas, que ya eran resistentes al bicho.

Resultado: se perdió gran parte de la variedad autóctona europea, que con el injerto, además de debilitarse, quedó modificada genéticamente.

Por suerte la filoxera, como muchos envíos de Amazon, nunca llegó a Canarias, de modo que en las islas se han conservado las variedades tal cual eran hace 500 años (la primera viña llegó a Tenerife en 1497, mira tú si ha llovido desde entonces..). Algunas se han ido cruzando entre ellas, y hoy en día tenemos MÁS DE 80 VARIEDADES AUTÓCTONAS – Vale, me puedes decir que no son originarias de aquí, pero después de 500 años ya podemos decir que son del barrio, digo yo..

Estas parras se denominan de pie franco.

Son MÁS FUERTES y MÁS LONGEVAS que las que han sido injertadas, por lo que es bastante común encontrarse por aquí con las tan valoradas «Cepas Viejas», que suelen dar racimos de mejor calidad que las nuevas.

Algunas de ellas (las moscateles son un buen ejemplo) pueden llegar a vivir más de 200 años, dando una cantidad y calidad excelentes.

3.- VINOS EXCLUSIVOS Y ¡ARTESANALES!

Como te comenté más arriba, en Tenerife existen 5 Denominaciones de Origen. Son éstas

  • Tacoronte-Acentejo
  • Abona
  • Valle de Güímar
  • Valle de la Orotava
  • Ycoden-Daute-Isora

En total hay más de 80 bodegas en funcionamiento, la mayoría de las cuales son muy pequeñas. MUY PEQUEÑAS.

Exceptuando 4 ó 5 bodegas de tamaño mediano-grande, el resto son empresas familiares que elaboran muchas veces en el garaje de su propia casa, lo que significa que la producción es mínima.

Una bodega grande suele tener una gama normalita de vinos para supermercado, que supone el grueso de su facturación, y otra de calidad superior, más enfocada a restauración o tiendas gourmet.

Una bodega pequeña, en cambio, no puede permitirse tener vinos «del montón». Los enólogos ponen todo su empeño en que cada una de sus marcas sea única, y lo consiguen elaborando pequeñas gamas de vinos MUY ESPECIALES.

Desde el cultivo de la uva hasta el diseño de la etiqueta, con cada vino de Tenerife que compras estás adquiriendo una pieza de artesanía exclusiva, elaborada con mucho cuidado.

A pesar de que exportar vinos desde Canarias sigue siendo un proceso complicado, actualmente hay tiendas especializadas, tanto físicas como online, en las que puedes adquirir alguna de estas maravillas.

Si tienes dudas sobre cómo conseguirlos, escríbeme. Estoy encantada de echarte una mano (conste que no cobro por ello).

¡Ah! Y si te gusta como escribo y quieres que lo haga para ti, dame un toquito.

Una mañana en Bodega Vulcano Lanzarote

El otro día, el equipo de Wine Tours Lanzarote nos acercamos a visitar la Bodega Vulcano, una de las más jovencitas de Lanzarote (12 años recién cumplidos), pero cuya personalidad no es ni mucho menos la de un preadolescente sino, más bien, la de una elegante joven que pisa fuerte y segura de sí misma.

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Víctor y María José, los propietarios, nos recibieron de maravilla en la tienda BOUTIQUE (sí, sí, boutique! Pásate por allí y entenderás por qué se llama así), nos hicieron sentir como en casa y nos contaron su historia.

Ahí va:

Víctor Díaz Figueroa es la quinta generación de viticultores de su familia por parte de padre, y la tercera por vía materna. ¡Ahí es ná!

Podría decirse que por sus venas, en vez de sangre, corre mosto de uva.

Ya te he contado en otras ocasiones que muchos viticultores de Lanzarote suelen guardar una partida de la uva que venden para hacer vino en casa, y esta familia no iba a ser menos. Víctor se crió entre parras y escachando la uva con los pies en un antiguo lagar.

El sistema de venta de uva en la isla no siempre ha sido justo para los viticultores, así que se vieron ante dos opciones:

Elaboraban su propio vino

o

Abandonaban las parras..

Así que la familia Díaz, en enero 2009, se lió la manta a la cabeza y decidió ir a por todas con su propio vino.

Ese fue el comienzo de VULCANO.

Montar una bodega no es empresa fácil, aunque lo hicieron bastante rápido; en julio, casi coincidiendo con la entrada de la uva, tenían ya toda la maquinaria y empezaron a elaborar. Fueron poquitos litros al inicio, pero los vendieron bien y eso les animó a seguir con el proyecto.

Hoy en día hacen 120.000 litros de vinazos para todos los gustos, a cuál mejor.

Lo que más me fascina de esta bodega es cómo han conseguido mantenerse fieles a la idea inicial de diferenciación, calidad y respeto por la tierra, pero innovando cada año.

Por ejemplo, son los primeros de la isla en tener un BANCO DE MOSTO.

La idea surgió por culpa del rosado, que es de los primeros que se elabora cada año (allá por septiembre suele estar listo). El rosado nos gusta beberlo joven y fresco, pero como en invierno no se consume tanto, cuando vuelve a llegar la época de calor a veces ha evolucionado demasiado, perdiendo esas notas de fresa y ese color tan intenso que nos encanta aquí.

¡Pues a problemas, soluciones!

Una vez tenemos el mosto, se elabora una parte para el consumo y el resto se mete en unos depósitos que lo mantienen entre 0 y -5º para que aguante una larga temporada conservando su frescura, de manera que puedes realizar varias fermentaciones a lo largo del año y el vino está siempre como nuevo.

No sé a ti, a mí me parece una idea la mar de inteligente.

Es un invento costoso porque claro, mantener el congelador funcionando durante mucho tiempo no es nada económico. PERO MERECE LA PENA.

Créeme, me tomé ayer una botellita de rosado 2018 y está como si lo acabaran de hacer. ¡EXQUISITO!

Otra innovación de Vulcano es que toda su producción es VEGANA, con certificado incluido.

Puede que estés pensando que cuál es la parte animal de la uva, pero chica, la cosa no va por ahí. La uva es vegetal, claro, pero al elaborar el vino quedan partículas que hay que filtrar y clarificar para que nos quede bien limpito y transparente. En ese proceso, a veces se usan productos que contienen huevo u otros derivados animales (hablaré sobre esto más profundamente en otra entrada, pero si tienes mucha curiosidad, escríbeme y te lo cuento todo).

Esta bodega apuesta por el veganismo y tiene una máquina especial que separa las partículas sólidas que se encuentran en el vino, sin añadir ningún tipo de producto, ni vegetal, ni animal, ni nada.

Y no es magia amiga, es CIENCIA.

Cuando empecé en esto del vino y hacía mis primeras visitas, siempre me encantaba comparar la elaboración del vino con cocinar.

Por eso me encantó escuchar de boca de Víctor que una bodega es como una gran cocina: siempre tiene que estar impoluta.

A menos que hagas una crianza oxidativa (tipo las bodegas de Jerez) no debe haber olores en el ambiente. Según sus propias palabras, una bodega debe oler bien, pero no a volátiles (aromas propios del vino) porque si los percibes, significa que se están escapando de los depósitos.

Y amiga, te aseguro que en esta bodega no se escapa nada: cada sorbo es un gustazo y una explosión de frescura y sensaciones.

Te podría contar muchas más cosas.

Por ejemplo, que es una bodega urbana, situada en un edificio de tres plantas en el centro de Tías; si el tema de espacio ya es un problema para cualquier bodega de Lanzarote, aquí es todo un reto que han superado con una creatividad admirable.

Podría hablarte durante horas de sus vinos y podría también contarte sus novedades, pero no lo voy a hacer, porque prefiero que lo hagan ellos.

Pásate por allí si estás cerquita, o pídelos por la web.

Y luego, por favor, me lo cuentas.


Si la lluvia en Sevilla es una maravilla, en Lanzarote ni te cuento

Lanzarote, más verdinegra que nunca

Este invierno está lloviendo mucho.

UN MONTÓN.

Si me estás leyendo desde Asturias, probablemente estés pensando: -«define un montón, mi niña»- y yo tendré que reconocer humildemente que, si lo comparamos con la que está cayendo por la península, es prácticamente nada.

Pero claro, si tenemos en cuenta que ha estado más de un año sin caer ni una gota, pues chica, qué quieres que te diga, está lloviendo mucho.

Seguro he dicho en más de una ocasión que la tierra de Lanzarote es milagrosa.

Después de varias excursiones por el campo (caminar al aire libre es prácticamente lo único que se puede hacer con seguridad hoy en día), ME REAFIRMO.

Si con un par de días de lluvia y dos de sol se llenan las parras de brotes, después de casi un mes lloviendo, ni te cuento como está el tema.

VERDE IRLANDA, amiga.

Y eso sin exagerar.

La vid es un cultivo de secano, eso lo sabemos. Por ello, puede aguantar estoicamente algunos años de sequía, a los que sobrevive con más o menos producción de uva.

Por regla general, una vid puede sobrevivir con 250-300mm de agua al año. Eso, una vid de cualquier otra parte, claro, porque aquí en Lanzarote la media es de 150mm.

Sí amiga, lo que lees.

Por algo se le llama VITICULTURA HEROICA.

Y es que estas vides son auténticas campeonas, verdaderos camellos vegetales sentados en campos de lava. Es por eso que es necesario el rofe, y por eso no hubo vino (por mucho que los españolitos lo intentaron) hasta las erupciones de Timanfaya. Lo que pasó en aquellos años te lo cuento aquí.

Puede que pienses que teniendo agua ilimitada del mar cerca, y desaladoras, con regar las parritas solucionamos el tema.

Pues no funciona así, querida, porque añadir agua a la vid, sobre todo después del envero, puede suponer que los granos (las uvas, vaya) crezcan hermosos, a un tamaño mayor del habitual. Esto está estupendo para las uvas de Mercadona, pero no para hacer vino.

Más agua en la tierra supondría más agua en el grano y, por tanto, implica que los azúcares naturales y los sabores propios de la variedad se diluyan.

Tendríamos una producción mayor, pero de menos calidad. Por poner un ejemplo más gráfico, sería como echarle agua a un zumo.

Dicho esto, parece que te estoy vendiendo que es bueno que no llueva para que la cosecha sea buena, pero no. Cierto es que las parras (que en esto se parecen mucho a las personas) son más productivas cuando tienen que esforzarse porque no reciben todo lo que quieren, pero el agua es una bendición en estas tierras desérticas, un elemento necesario para que suceda la magia.

La cosecha de 2020 ha sido muy pequeña comparada con años anteriores, y una de las principales razones es la escasez de lluvia que hemos padecido, a la que se suma la terrible CALIMA que nos azotó en febrero y de la que te hablaré en otra entrada. Para compensar, este bendito suelo tiene algunas ventajas, que te cuento ahora:

Primero y principal, provee a las parras de una gran superficie de tierra húmeda de la que beber: el rofe obliga a separar las plantas unas de otras, al tener que cavar los hoyos para ayudarlas a llegar a la tierra fértil, que está abajo.

Incluso en zonas de enarenados, como Tinajo o Masdache, donde la capa de rofe no es tan profunda, las parritas se mantienen bastante separadas, lo que les deja mucho más espacio para las raíces.

Esto es buenísimo, porque cuanto más espacio tiene la raíz, más se ramifica y se expande. Como suelen ser viejitas, las raíces suelen estar muy desarrolladas.

Al no encontrar otra planta que les moleste, todita el agua que haya en el trozo de tierra que ocupan es para ellas. Pueden crecer lo que quieran, sin que la vecina venga a tocarle las narices.

Ojo, esto vale para las plantas «adultas»; las jovenzuelas necesitan más cuidados.

En algunas zonas de La Geria, donde la capa de picón es de unos 2 ó 3 metros, la humedad se puede conservar varios años sin apenas evaporación (es el famoso efecto «mulching», pero a lo bestia).

Por eso las parras tienen más posibilidades de supervivencia aunque no llueva en un largo periodo. Son como abuelas de posguerra, van bebiendo poquito a poco de lo que tienen, teniendo cuidado de no acabar con todo del tirón, por si acaso.

La lluvia del último mes y medio ha sido todo un regalo. Un regalo necesario además, porque ha servido para paliar el estrés que les ha supuesto a estas señoras ver cómo su despensa se iba vaciando y no había manera de llenarla. Una vez llena, han podido beber y coger energías para arrancar el nuevo ciclo.

Con el sol de los últimos días, muchas incluso se han espabilado y… ¡han brotado! Y no sólo ellas, sino también otras hierbas y flores que se han acoplado en sus hoyos, al abrigo del viento. Sacar a esas ocupas de la casa de la abuela (y no sólo a las hierbas y flores, sino a los inesperados brotes) supondrá, claro está, un trabajo extra para los viticultores..

Pero eso, curiosa amiga, te lo cuento en otra entrada.

Lía que te lía..

Hace un rato he abierto una botella estupendísima de Listán Blanco de altura, criado sobre lías, de la Bodega Hermanos Mesa, de Tenerife, y me la estoy bebiendo TAN AGUSTO (y disfrutándola un montón) mientras te escribo. ¿Que si es una ocasión especial? Pues NO. ¿O tal vez tengo un evento o cena con amigos? Estamos prácticamente confinados en Lanzarote, así que NO. ¿Que cómo es que abro una botella tan especial estando yo sola, sin ningún motivo? Hija, pues PORQUE ME APETECE, qué quieres que te diga.

Lo del autoamor está muy de moda. Y me parece muy bien. Todo el rollo de quererte, subirte la autoestima diciéndote lo maravillosa que eres y demás es estupendo, siempre que no quede en agua de borrajas (o lo que es lo mismo, en nada). Vamos, que el autoamor hay que ponerlo en práctica, y yo hoy lo estoy haciendo disfrutando este listán maravilloso hecho con cepas viejas cultivadas a 1.200m de altura. En las faldas del Teide, ¡casi ná! Dice la etiqueta que es un vino de guarda, criado durante 6 meses SOBRE SUS LÍAS. Un VINO DE GUARDA. Ay mi madre, cuánta palabreja! Por si no lo entiendes, no te preocupes que yo te lo explico, que las amigas estamos para eso.

La primera vez que supe de la expresión «sobre lías», me imaginaba un montón de zarcillos (de la vid, claro) flotando sobre el vino y enredándose en un lío tremendo. Pues no, eso no es. Empecemos desde el principio: ya sabrás que para convertir un mosto en vino se le añade levadura (que no es otra cosa que un hongo). A estas levaduras les vuelve locas el azúcar, así que se zampan toda la que tiene el mosto y la convierten en alcohol. Cuando este proceso termina (bien porque se han comido toda el azúcar, o porque nos hemos cargado a los pobres hongos a posta) el mosto se ha convertido en vino y las levaduras muertas se van al fondo del depósito. A la suma de estos «cadáveres» de levadura, junto con otras partículas procedentes de la uva, que les acompañan en su descenso, la llamamos LÍAS.

Pero en el vino, como en la vida, hay cosas que no se pueden dejar al azar y hay que cuidarlas un poco. Lo que quiero decir con esto es que si dejamos que las lías se acumulen al fondo sin más, al cabo de unos días darán unos sabores muy desagradables. Para evitarlo, en la crianza en barrica se usa un método llamado «battonage», que en francés suena la mar de sofisticado, pero no es otra cosa que remover el vino con un palo para que las lías se mantengan en suspensión. El equivalente en depósito es el «remontado», otro «palabro» que no significa cabrear al vino, sino bombearlo de vez en cuando desde el fondo del depósito a la parte superior y dejar que las lías vayan bajando con calma, a su ritmo, permitiendo que sus moléculas se abran y saquen lo mejor de sí; entre otras cosas, por ejemplo, el toquecito que caracteriza a la variedad.

Todo este jaleo que te he contado no se hace en dos días, sino que, como un buen guiso que se precie (no sé si te lo había dicho ya, pero para mí hacer vino es como cocinar) lleva más tiempo de elaboración que otros blancos y requiere de un conocimiento experto. Pero merece la pena porque (si están bien hechos, como es el caso) están que te mueres: son sedosos, duran muuucho en la boca (son persistentes o largos, que dirían los expertos) y, si te fijas bien, les encuentras ese puntito a pan que los hace densos, sabrosos.

Total, amiga, que los vinos (normalmente blancos) criados sobre lías son MUY ESPECIALES. Te animo encarecidamente a que los pruebes, bien sea sola o acompañada, en una ocasión especial o un día cualquiera. Porque cualquier día es el mejor para querernos y para cuidarnos. Y porque para disfrutar la vida, amiga mía, SÓLO HAY QUE ESTAR VIVA.

De vino, fiestas, paladares y dioses varios

El triunfo de Baco. Diego de Silva y Velázquez, 1629

Hace algún tiempo que no escribo. Algunos movimientos internos, un poco de trabajo, una mijita de vida social y, por supuesto, las reuniones familiares propias de estas fechas me han impedido hacerlo. He de decir que me alegra volver, barriga y corazón llenos, a la «rutina» de la isla y a compartir unas letrillas con ustedes.

Aunque estas navidades han sido un tanto extrañas, no he dejado de celebrar con los míos. En mi casa cualquier pequeña alegría es motivo de celebración, y cualquier celebración, por pequeña que sea, siempre va acompañada de vino. No en vano, la palabra vino viene del sánscrito «vena», cuya raíz es «ven», que significa AMOR; de ahí, por ejemplo, que la diosa romana del amor se llamara Venus. Los egipcios ya lo consideraban fuente de vida por su color rojizo tan similar al agua del Nilo, hace unos 5000 años (casi ná!) y lo usaban en sus rituales religiosos; los griegos lo usaban en las fiestas de culto a Dionisos, su dios del vino, para abrir el camino al éxtasis y la liberación (algo parecido a lo que hoy llamamos «exaltación de la amistad», pero a lo bestia); los romanos tampoco se quedaron atrás, y la liaban parda en sus famosas bacanales, o lo que es lo mismo, fiestas en honor a Baco, su dios del vino. Y no hace falta que te cuente, porque ya la conoces de sobra, la estrecha relación entre el vino, la Iglesia y sus celebraciones, empezando por la Eucaristía.

Pues eso, que con ese pasado tan asociado al bebercio, es normal que los españoles gocemos como un cochino en un charco con una buena charla alrededor de una copa de vino (una para cada uno, claro, que ahora con el Covid lo de compartir está chunguete..)

Si para mis padres cualquier día es Navidad, cuando voy a Sevilla (y más en estas fechas) ya es la pera. La comida no empieza cuando te sientas a la mesa, sino que mientras se cocina se saca el variadito previo: Pedro Ximenez para mi madre, manzanilla de Sanlúcar para mi padre, amontillado para mi. Esa es sólo una de las múltiples combinaciones, porque a veces aparecen con moscatel dorado, Porto o vermú casero. Generalmente apuestan por el producto andaluz, por lo que en la mesa suele haber vinos de la Tierra de Cádiz, de Huelva o de la Sierra Norte de Sevilla, pero desde que yo estoy en el ajo, no es raro encontrar por casa vinos de Lanzarote. ¿Cuál de ellos? Te estarás preguntando. Pues depende, ni más ni menos, de lo que me apetezca llevar cada vez. Últimamente me ha dado por pequeños productores, como Guiguan o, más pequeño aún, Bodeguita Vega Volcán, que hace unos 3.000 litros al año (estas dos bodegas me tienen «enamoraíta», así que ya os hablaré de ellas con más calma); la gama de Vega de Yuco ha ido cayendo prácticamente entera desde que vivo en la isla (te he dicho ya que trabajé allí 6 años?) y este año nos bebimos -shhhhhh, que no se entere mi hermano…- un tinto Reserva de Familia 2015 de El Grifo, que hizo mi querido Tomás Mesa, que está para chuparse hasta los dedos de los pies. Como parte de mi familia viene de León, de vez en cuando cae también algún vinazo de El Bierzo (si no has probado la uva mencía, ya estás tardando!) Mi hermano, que es un moderno, trajo este año una edición especial de un vino de Zamora, Tridente, con una etiqueta diseñada por 72kilos, un ilustrador que me encanta. Muy moderno todo, querida, mi hermano es así. Y el vino, todo hay que decirlo, un tempranillo espectacular (al principio engaña, pero déjalo airearse un poco y vas a flipar). Y como somos todos de mente abierta, pues si aparece mi tío Pepe con un champagne francés Veuve Cliquot, pues nos lo mandamos tan a gusto. ¡Qué descubrimiento de champagne, por favor! ¡Que viva el Tito Pepe!

Y tú dirás, ¿y a mí qué me importa lo que beba esta tía en su casa? ¿Y qué tiene que ver todo esto con el rollo de los egipcios y los romanos? Pues amiga, tiene que ver TODO, porque si te gusta el buen vino, disfrutarás cual devoto de Dionisos, de Baco, monje cisterciense o sacerdote de Ra, de cada uno de los vinos que pruebes, desde el que venden a granel en cualquier bodeguita hasta el champagne francés que vete a saber cuando ganas para comprar con tu sueldo (¡Que viva el Tito Pepe!), tal y como hicieron nuestros antepasados. Que para eso lo llevas en la sangre, querida. Porque cuanto más pruebes, más sabrás apreciar un buen vino independientemente de su precio. Y te darás cuenta de que lo importante no es el vino en sí, sino LA EXPERIENCIA que rodea al vino: los sabores que te recordarán el momento durante años, la mesa puesta con «tó sus avíos» (o sea, engalanada) y las risas y el amor con quienes compartiste.

Te animo a probar y probar, con mesura y calidad; a cerrar los ojos cuando des un primer sorbo e intentes captar los aromas, los matices y el alma del vino (que la tiene, te lo juro!). Y que combines los vinetes con unos platillos u otros y disfrutes la experiencia. Lo poquito que sé sobre eso, te lo cuento en otra entrada. Hasta entonces, te deseo un felicísimo 2021 y brindo a tu salud.

La vendimia verdinegra II. Los viticultores

Photo by Gabriella Clare Marino on Unsplash

El alma de cualquier bodega está en su materia prima y ésta la traen los viticultores. Y los viticultores lanzaroteños son MUY ESPECIALES. En primer lugar, porque la mayoría no se dedica en exclusiva a la uva. Imagínate la isla hace 50 ó 60 años: piedra, arena, mar y poco más. Ni rastro de los hoteles, restaurantes y tiendas que franquean los paseos marítimos (otrora inexistentes), ni de las hordas de turistas que invaden las playas. Los lugareños vivían modestamente de aquello que les daba la tierra: papas, batatas, millo, UVA… Cuenta mi amigo Richard, conejero de Masdache y experto en el campo, que de su infancia recuerda que se plantaba todo lo que se podía, hasta las orillas de los caminos. En esa época, era costumbre que los padres entregaran a sus hijos tierras, una vez casados, para favorecer su independencia económica. Todo muy sostenible. Y entonces, ya en los 80, llegó EL TURISMO. Fue progresivo, pero poco a poco muchos agricultores fueron cambiando la dura vida del campo por trabajos en hostelería o restauración. Mucho más cómodo atender guiris al fresco en una recepción, que machacarse al viento y bajo el sol en el campo, ¿no te parece? Más cómodo, y sobre todo más estable económicamente, porque te recuerdo, querida amiga, que las cosechas en esta isla son variables y con el campo uno nunca sabe si habrá beneficio o no.

El caso es que muchos y muchas decidieron cambiar de ocupación, pero la familias conejeras aman sus tradiciones, de modo que siguieron cultivando uvas y elaborando el vino en casa. Aún hoy, si te das un paseo por Tiagua o Muñique, por ejemplo, se pueden ver numerosas prensas de viga saliendo de los lagares de las casas. En años buenos, cuando venden la cosecha se quedan con una parte para hacer su propio vino; en años malos, si la cosecha es muy muy escasa, muchos productores se la quedan toda para el consumo de la familia. Pero volvamos un poco atrás; esos tatarabuelos que tenían tierras más o menos grandes, fueron dividiéndolas entre sus hijos, y con el paso de los años y las generaciones, lo que nos encontramos en el campo, casi siempre, son un montón de pequeñas parcelas que suele cuidar una sola persona (el abuelo por regla general) con ayuda de su familia. ¿Y qué significa esto desde el punto de vista de la bodega? Pues que le entran muchas pequeñas cantidades de uva de un montón de gente diferente. Te pongo un ejemplo: en 2018, la vendimia más grande que he vivido (nos entraron unos 800.000kg de uva, casi toda ajena) en Vega de Yuco recibimos uva de más de 300 viticultores, de los cuales algunos traían 100kg y otros 40.000. Para volverse loca, vamos, porque resulta que la maduración de la uva no es el único factor a tener en cuenta, sino que se dan una serie de condicionantes que poco o nada tienen que ver con el campo o con el vino, sino con la vida laboral y personal de los viticultores (y viticultoras, oiga, que en esta isla hay muchísimas y de todas las edades). Por ejemplo, las celebraciones familiares (bautizos, bodas, cumpleaños…), las vacaciones o días libres del trabajo habitual… Por supuesto, los fines de semana son los preferidos de aquellos que dependen de la familia para vendimiar, porque es el momento en el que casi todos los miembros tienen disponibilidad; de manera que durante casi toda la vendimia, las bodegas se convierten en un hormiguero de abuelos, hijos y nietos en ropa de trabajo, desde bien temprano hasta la tarde, 7 días a la semana.

Y llegados a este punto es cuando te cuento mis sensaciones, aquello que, como espectadora más que como participante, me maravilla de esta época del año: el olor a uva, los corrillos de viticultores que se echan un vino mientras esperan su turno en la pesa; las abuelas con sus sombreras, que pasan por la oficina a saludar y dejarnos un bizcochón; el teléfono sonando sin parar y mi eterna respuesta (que es también una pregunta) a los viticultores que llaman pidiendo fecha para la recogida: «¿cómo tiene usted la uvita?» y el coro de risas de mis compañeras por lo bajini, al oírme; las idas y venidas de la oficina a la bodega bajo el sol de agosto, y el gustazo de corretear entre los depósitos, al fresco, sorteando las mangueras, siempre buscando a alguien para darle un recado urgente. Pero sobre todo, LO QUE MÁS, escuchar a todos los que vienen a traer la uva hablar del tiempo que hemos tenido este año, del cambio climático, de sus reúmas, sus nietos, y verlos entrar orgullosos racimo en mano, enseñándote su uva como quien enseña un hijo. Eso, amiga, no es sólo economía. Se llama AMOR POR LA TIERRA, y aquí todavía existe.

Volviendo a lo prosaico del tema, la uva llega en cajas de unos 20kg cada una, a veces en camiones, normalmente en furgonetas. El personal de bodega la descarga, la pesa y la etiqueta con el nombre del viticultor en cuestión (que tiene que estar registrado en la DO, para que no haya tongo). La uva llega medio templada, si no caliente, porque te recuerdo que está en un hoyo negro de piedra al sol del verano isleño, así que para que no se pasifique y pierda frescura, una vez pesada se pasa a la cámara frigorífica, donde permanecerá a espera de ser prensada el día siguiente, bien temprano para dejar sitio a la nueva uva. Y así, cada día durante un mes, se va prensando la uva y se va haciendo el vino del año. Pero eso, querida amiga, es otra historia…..

Envero

Según la RAE, este bellísimo vocablo viene del latín in- (en) y variare (cambiar de color).

Foto de Philippe Oursel en Unsplash

El Envero es la adolescencia de la uva, ese momento en el que, una vez ha alcanzado su mayor tamaño, se producen cambios internos y externos en ella que la hacen madurar y convertirse en algo precioso, sabroso.

Aquí en mi amada isla sucede más o menos por San Juan, o lo que es lo mismo, en torno al 23 de junio. En otras zonas más frías, en cambio, se suele dar durante el mes de agosto.

A partir de ese momento, en poco más de un mes, la uva está lista para ser vendimiada. Esto no es una ciencia exacta, claro; hay múltiples factores que influyen, como el tipo de suelo, la temperatura, el sol, el agua,…. Si quieres información más técnica, mándame un email y te cuento.

Dicen los lugareños que el envero es cuando «pinta» la uva, es decir, cuando cambia de color. Pero no es sólo eso lo que le sucede a nuestra amiga. Te lo explico:

Cual adolescente, pasa de ser simplemente verde a sacar su verdadero color: las blancas se tornan amarillas y doradas y las tintas se vuelven azules, negras o rosadas. No todas las bayas cambian a la vez, sino que lo hacen como la Naturaleza hace toda sus cosas: A SU RITMO. Qué belleza los racimos bicolores! Perdona que no sea muy técnica, pero es que me enamoro, y no existen tecnicismos en el amor.

El aspecto es el cambio más visible de esta variedad, pero no el único.

No me voy a enrollar mucho más, pero como a una adolescente más, a cada baya se le suben los niveles de azúcar, los taninos, y se define el aroma propio de cada variedad. El proceso tarda, en estas latitudes, un mesito mal «contao», o lo que es lo mismo, entre 30 y 50 días, después de los cuales

¡VOILÁ!

Cortar, procesar, elaborar, dejar que se redondee un ratito, y ¡vinito que nos echamos!.

La vendimia verdinegra I

Malvasía, un poco verde aún, de 2018

Vale, no es tiempo de vendimia, pero quiero hablar de ello porque este es el primer año, desde que llegué a la isla en 2014, en el que no he estado implicada en modo alguno y, haciendo un poco de repaso del año, me doy cuenta de que la echo de menos. No he trabajado en otras bodegas que no sean Vega de Yuco, así que os voy a contar lo que se hace allí (o al menos se hacía) y la emoción con la que yo lo he vivido siempre.

Dicen que la de Lanzarote es la vendimia más temprana de Europa y es verdad, suponiendo que se nos considere dentro de Europa, claro, porque esta tierra tiene pinta de todo menos de europea.. Se suele empezar a mitad de julio o principios de agosto, cuando esté lista La Jefaza (la Malvasía, que es siempre la que inaugura la temporada), pero desde el envero, que viene a caer más o menos por San Juan, los viticultores empiezan a llamar a las bodegas, para que el equipo técnico pase por las fincas a medir los parámetros de sus uvas y puedan cortar cuanto antes. ¿Y qué se mide? – te estarás preguntando – pues el grado de azúcar de la pulpa, la acidez, el tamaño del grano.. Dependiendo del resultado que quieran conseguir, los enólogos y enólogas mandan cortar antes o después. Hacer vino, según lo percibo, es como cocinar: si te gusta la pasta al dente, cortas la cocción antes y si la prefieres blandita, la dejas un ratito más. Del mismo modo, el vino tendrá un sabor diferente si la uva está más o menos madura.

El caso es que las uvas van madurando su ritmo, no al nuestro, y los viticultores quieren cortarlas cuanto antes para evitar la calima, las plagas y cualquier cosa que les pueda fastidiar la cosecha. Por eso llaman desde bien pronto a las bodegas. Y no es sólo uno, ni dos, ni diez! Entonces estaría chupado, querida. El tema es que una bodega grande puede llegar a recibir uva de más de doscientos viticultores, de manera que el teléfono no para ni un segundo.

Los días previos a la entrada de uva son un hervidero, porque hay problemas adicionales que hay que ir solventando. Uno de ellos es EL ESPACIO. Te hablo del caso de Yuco, que es el que más conozco, pero es similar en casi todas. Casi toda la zona destinada al vino en Lanzarote es un espacio protegido en el que no se puede construir más de lo que ya existe. Hasta ahí todo bien, el paisaje es tan especial porque no hay edificios que lo afeen, sino que la protagonista es la original orografía isleña. Pero ahora piensa que eres propietaria de una bodega; hace 20 ó 30 años empezaste con un negocio pequeño en un pequeño espacio, pero el vino es ahora un producto muy cotizado y tú lo haces genial, así que tu producción se ha multiplicado por 7. ¡Ole por ti! Tu vino es excelente, cada año compras más uva y produces (si la cosecha es buena) un poco más. Todo ha crecido menos las instalaciones, porque en ese bendito espacio en el que te encuentras NO SE PUEDE CONSTRUIR. Eso significa que antes de la vendimia toca jugar al Tetris: la cámara frigorífica de la uva, que tras la vendimia anterior se llenó de depósitos de vino, tiene que quedar despejada para la nueva cosecha, así que toca buscar un huequito para esos depósitos, ahora vacíos. Además, hay que sacar las mesas de selección de la uva, la estrujadora, las prensas, la despalilladora, la pesa de la uva y mil cosas mas. Y por supuesto, vender el vino que ya está embotellado para dejar espacio al que queda por embotellar… y que hay que embotellar antes de la vendimia para dejar depósitos libres para el vino nuevo… UN FOLLÓN, vaya.

Al fin llega un momento en el que todo está listo: la cámara despejada, los depósitos vacíos y limpitos para recibir los nuevos mostos, la maquinaria engrasada, la primera uva lista… y entonces se da luz verde a los primeros viticultores y comienza la etapa clave para cualquier bodega: LA ENTRADA DE UVA. Pero eso, amiga, te lo cuento en otra entrada.